EL MUNDO SENTADO SOBRE UNA BOMBA DE TIEMPO NUCLEAR – NUEVO ORDEN MUNDIAL ( N.O.M. )

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De Mónica Centofante

 

En Celyabinsk, provincia rusa de los Urales meridionales, donde hay algunas ciudades olvidadas incluso en los mapas geográficos, el aire está cargado de muerte. Una muerte silenciosa e invisible que ya se ha llevado consigo cientos de miles de hombres, mujeres y niños.
Casi nadie conoce la existencia de estas zonas, que hasta 1991 eran inaccesibles para los extranjeros. Sin embargo es aquí donde se encuentra, y todavía está habitado, el lugar más contaminado de residuos radiactivos de la Tierra.

 

Se llama Celyabinsk-40, más conocido como Mayak y junto a Celyabinsk-65 y Celyabinsk-70 es uno de los centros secretos rusos que después de la segunda guerra mundial fueron sede de los mayores complejos nucleares de la Unión Soviética.
Desde 1949 a 1967 Mayak ha sido un basurero de residuos radiactivos. Derramados en particular en el río Techa y en el lago Karachy, que ahora ya no presentan más formas de vida. Mientras los tumores y las malformaciones congénitas –explica Franco Valentini de rinnovabili.it – afectan desde hace años a la población local formada en su mayoría por campesinos que viven en condiciones de extrema pobreza e ignorancia y que han sido expuestos a una cantidad de radiaciones igual a la que recibieron los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki.
Nadie puede decir con certeza cuantas Mayak haya en el mundo, pero las informaciones a disposición delinean un cuadro para nada tranquilizador.

 

En toda Rusia, en cuarenta años de guerra fría, decenas de millones de metros cúbicos, entre residuos sólidos y líquidos, han sido diseminados en el ambiente y es muy parecida la situación de los otros países que han desarrollado actividades y programas nucleares. Empezando por los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña o nuestra Italia, donde recientemente se ha vuelto a hablar de la posibilidad concreta de retornar al átomo, no obstante no haya sido resuelto el problema de los residuos acumulados en el pasado.

 

Según la INSC (International Nuclear Societes Council), la industria nuclear mundial produce al año unos 270.000 metros cúbicos de residuos, entre media, baja y alta radiactividad. Una cantidad que no es excesiva si la comparamos con los residuos de centrales de fuentes fósiles tradicionales, pero representa un problema aún insuperable a largo plazo para la comunidad científica mundial. El combustible apagado o descargado de reactores a uranio mantiene en efecto una peligrosidad elevada por un millón de años. Mientras las tierras y las aguas que están en contacto con ello se vuelven a su vez radiactivas y se mantienen en este estado por cientos de miles de años, provocando efectos devastadores a cualquier forma de vida de alrededor.

 

Un estudio del Departamento de Salud de los Estados Unidos –por citar solo un ejemplo, ha demostrado que dos tercios de las muertes por tumor de seno entre 1985 y 1989, en USA, se han verificado en un radio de unos 160 km de distancia de los reactores nucleares. Y dado que en los Estados Unidos las centrales son más de cien y los residuos producidos 37 millones de metros cúbicos amontonados en depósitos de emergencia esparcidos por el país, se puede solo intuir la importancia del riesgo en términos de vidas humanas solo en el territorio norteamericano.

 

En el resto del mundo la situación, aunque de alcance menor, no es diferente.
En Europa –donde los residuos radioactivos provienen la mayor parte del sector civil- se habla de unos 40.000 metros cúbicos de residuos al año. De los cuales Francia y Gran Bretaña tienen la primacía tanto por la cantidad de reactores activos presentes en sus territorios como por los importantes programas militares desarrollados. Y para tener una idea más precisa, basta pensar que Francia por si sola produce anualmente una cantidad igual a la que hay en nuestro país  desde 1987, año en el que hemos votado, a través de un referéndum, renunciar a lo nuclear después del incidente de Chernóbil. Desde entonces el problema de los residuos especiales no se ha resuelto nunca y aunque no se hable de ellos, representa una de las principales causas de muerte en algunas zonas de nuestro país.
Después de más de 20 años de haber tomado esa decisión, de hecho, los residuos –alrededor de 30.000 metros cúbicos destinados a aumentar- están custodiados en condiciones de seguridad precaria y las instalaciones no han sido aún completamente desmanteladas.

 

El caso Italia

 

En la central nuclear más grande de Italia –la del Caorso, cerca de Piacenza- hay todavía 700 tanques de combustible con 1.300 kg de plutonio: el 97% de este material es recuperable, porque es aún útil para producir energía eléctrica, pero por esta razón será entregada a los franceses. Mientras que a nosotros nos quedarán los residuos.
Dónde los meteremos es la gran incógnita. Sobre todo porque el caso de la Central de Caorso no es el único.

 

El problema de la eliminación de los residuos nucleares, en Italia, es tan desconocido como actual y no es extraño que se mezcle con los lucrosos intereses que gestiona la criminalidad organizada, la cual no actúa solo por su cuenta. La última de las muchas pruebas la vemos en las recientes crónicas sobre el hallazgo de un barco que contiene residuos especiales, descubierta en los fondos del Mediterráneo, a lo largo de la costa de Cetraro, en el mar Tirreno Cosentino. La persona que ha señalado la presencia de este barco es un arrepentido de la ‘Ndrangheta, que habría hablado de una serie de embarcaciones, quizás unas treinta, que contenían grandes cantidades de residuos radiactivos y que fueron hundidas en los años ochenta y noventa en distintos trechos de mar en el marco de un acuerdo sellado entre las coscas (clanes mafiosos) y oscuros especuladores.

 

Algo parecido, pero en tierra firme, habría sucedido en Pasquasia, una ciudad en la provincia de Enna, que en un tiempo era conocida por su minera de Sales alcalinas mixtas y en particular Kainita, para la producción de sulfato de potasio. Un sitio que desde los años sesenta hasta 1992 ha dado trabajo a miles de personas y que desde entonces, parece sembrar muerte.
No hay pruebas oficiales, pero voces y una serie de investigaciones siempre obstaculizadas han despertado la duda de que dentro de la minera estén almacenados residuos nucleares: residuos de medio nivel radiactivo de los cuales la población no tiene que saber nada.

 

En 1996 intentó romper el silencio el entonces diputado Giuseppe Scozzari, y después el diputado Ugo María Grimaldi, en ese periodo asesor al Territorio y Ambiente de la Región Sicilia. Ambos fueron aislados y no lograron llegar a ningún resultado concreto, pero sus investigaciones personales sacaron a la luz una realidad inquietante: los casos de tumor y de leucemia habían aumentado en un 20% solo en el bienio 1995/96, en la zona de Enna, mientras Pasquasia y “toda la Sicilia arriesgaba de ser transformada en el basurero de Europa”. Grimaldi había denunciado la presencia de amianto en todo el territorio provincial, en las canteras abandonadas y en otros lugares. Scozzari había pedido un debate parlamentario e intentó entrar en la minera, convencido de que estuviese en manos de organizaciones criminales, sin ningún consentimiento formal por parte del Estado.

 

Sin embargo, si es verdad que parte de esos terrenos pertenecían (y pertenecerían) a personas que huelen a mafia es verdad también que habrían sido precisamente las instituciones italianas –e internacionales- las que negaron el acceso. Del mismo modo en que niegan –aún hoy- la presencia de los residuos mientras los análisis efectuados por la USL (Unidad Sanitaria Local) ya en 1997 revelaron la existencia de Cesio 137 en esa zona, con una concentración superior a la normal. Lo que podía significar no solo que los residuos nucleares estaban–y por lo tanto están- sino que además había habido un inesperado incidente nuclear, con el relativo escape de radioactividad, probablemente durante una experimentación al fin de verificar la consistencia del subsuelo de la minera contra eventuales dispersiones de radiaciones.
Una tragedia, para la población de los alrededores, a la que no se le ha dicho absolutamente nada.

 

También el arrepentido de mafia Leonardo Messina, ya miembro de la cumbre de Cosa Nostra, había hablado de Pasquasia y de la presencia de residuos radioactivos en la minera dentro de la cual habría trabajado como jefe de obras. Según lo que cuenta –sobre un punto que el Fiscal Nacional antimafia Pier Luigi Vigna considera atendible- las actividades ilegales en esa zona proseguían desde 1984: cuando el ENEA (en ese periodo Ente nacional para la energía atómica) había puesto en marcha un estudio geológico, geoquímico y microbiológico sobre la formación arcillosa y su resistencia a los residuos nucleares. Y cuando funcionarios del SISDE (servicios secretos) se habrían puesto en contacto con la administración municipal para solicitar el “nulla osta” y enterrar en el lugar material militar sin especificar la naturaleza. Lo que demostraría la utilización de la minera como depósito de residuos aún antes de su cesión  y que explicaría el motivo por el cual después de 1992 el Cuerpo regional de las mineras interrumpió la actividad de vigilancia y de manutención de las instalaciones y la Región delegó el control de los accesos a las mineras a cuatro sociedades de seguridad privada, actualmente destituidas del cargo.

 

En 1997 la fiscalía de Caltanissetta dispuso una inspección en una galería de 50 metros de profundidad construida dentro de la minera precisamente por el ENEA y relevó la presencia de algunas centralitas de medición dejadas por el Ente, pero no se logró aclarar qué es lo que tenían que medir. ¿Quizás la radiactividad?

 

Residuos inmortales

 

En los informes anuales de Legambiente sobre las llamadas Eco mafias la referencia al tráfico de residuos radiactivos es constante. Amasados en improbables canteras, se lee, “tirados al mar o enterrados sin particulares medidas de seguridad pueden penetrar el suelo y contaminar las tierras y las napas acuíferas, además de causar daños irreparables a la flora y a la fauna marina de la que nos nutrimos”.
En pocas palabras, está en juego la salud y la vida de muchos ciudadanos mientras la dimensión del problema se presenta decididamente sin control.

 

Las mafias que se ocupan de estos tráficos, efectivamente, son múltiples y no solo italianas. Escándalos como el de Pasquasia se producen en todas las partes del mundo y a menudo cuentan con coberturas de alto nivel.
En febrero de este año, por citar uno de los ejemplos más recientes, ha salido a la luz uno de los secretos más peligrosos sobre la eliminación de residuos radiactivos que las guerras balcánicas y el mismo Tratado de Dayton han ocultado durante años. Habla de ello Fulvia Novellino en Rinascita Balcanica, reconstruyendo un propio y verdadero tráfico de residuos y de material radiactivo hacia Bosnia organizado, según indiscreciones provenientes del interior de los servicios secretos locales, “por la misma misión de paz de la OTAN en Bosnia-Herzegovina, mediante la cual Francia “exportaba” grandes cantidades de residuos radiactivos, que eran después tirados en los lagos de Herzegovina”. Una “solución cómoda”, para el estado francés, para resolver el viejo problema de la eliminación de los residuos tóxicos común a todos los gobiernos que utilizan la energía nuclear.

 

El problema del almacenamiento y de la puesta en seguridad de los residuos se presenta de hecho insuperable y distante años luz de una posible solución. Mientras que año tras año los residuos se acumulan vertiginosamente.
Hasta hoy se ha intentado neutralizar solo los residuos menos peligrosos, los que mantienen la radiactividad por unos 300 años y se ha hecho utilizando mayormente depósitos de superficie y casi nunca cavidades subterráneas o depósitos geológicos profundos. En lo que se refiere a los residuos de alta radiactividad no se ha logrado hacer absolutamente nada, explica en cambio Marco Cedolin en Terranauta, porque “toda la élite de la tecnología mundial ha demostrado que no posee en absoluto ni los medios, ni mucho menos los conocimientos técnico/científicos para afrontar un problema que está muy por encima de las capacidades operativas de los seres humanos”.

 

Por el momento, solamente los Estados Unidos han intentado la hazaña, que se está demostrando ardua y poco resolutiva.
El Departamento de Energía estadounidense ha pensado en la creación de un gran sitio de almacenamiento definitivo hacia donde transportar el material radiactivo recolectado en las áreas más contaminadas del país: un sitio que tendrá que ser construido en unos 70 – 100 años, con un gasto total entre los 200 y los 1000 millones de dólares. En pocas palabras: el proyecto más costoso y complicado que la historia recuerde.
La meta elegida para esta osada operación es el Monte Yucca, situado en Nevada meridional, a unos 160 km al noreste de Las Vegas, en una zona dentro de la conocida Area 51. El mejor lugar, según los proyectistas, para excavar una serie de túneles subterráneos de 80 km de largo  que se articularán a una profundidad de 300 metros y que serán revestidos por acero inoxidable y titanio y una vez terminados podrán contener 77.000 toneladas de residuos radiactivos que actualmente yacen en 131 depósitos repartidos en 39 estados diferentes.

 

Una obra titánica como la del transporte, que prevé utilizar 4600 vehículos entre trenes y camiones que para llegar a destino deberán atravesar nada menos que 44 estados llevando a bordo su peligrosísimo material con todos los riesgos que comporta.
Según los expertos que están trabajando en el proyecto –y que han gastado alrededor de 8.000 millones de dólares solo en los estudios preliminares del terreno- una vez concluidas las obras de excavación y de preparación del sitio (previstas inicialmente para el 2010, pero que ya han sido aplazadas para el 2017) el depósito permanecería activo por algunas décadas antes de llenarlo completamente. Después del cierre el depósito debería impedir la migración de los residuos en el ambiente por un período de 10.000 años.
Lo que significa en palabras pobres que la gigantesca obra no servirá para nada.

 

La National Academy of Sciences y el National Research Council han recordado de hecho que el material radiactivo se mantendrá en ese estado por cientos de miles de años y que el lapso de tiempo previsto por el proyecto no se puede considerar suficiente para hablar de “colocación segura”. Existen al mismo tiempo innumerables dudas sobre la real capacidad del sitio de preservar el material radiactivo en el lapso de tiempo de 10.000 años visto que la  humedad presente en la zona, aunque sea modesta, tendría todo el tiempo de corroer los barriles y el material radiactivo podría acabar en las napas acuíferas y en los pozos de los alrededores causando graves problemas a la población de la zona (1.400.000 personas); mientras el calor natural de los residuos nucleares cerrados en el interior de una montaña donde faltan sistemas de refrigeración podría generar graves consecuencias.

 

A esta y a muchas otras dudas que han dado origen a un amplio debate en el mundo científico y político norteamericano se añade, en conclusión, un detalle de no poca cuenta: el Departamento de Energía ha denunciado presuntas omisiones e irregularidades cumplidas por los técnicos del servicio geológico, que habrían presentado elementos fraudulentos que confirmasen la seguridad del sitio de Yucca Mountain.
Callejón sin salida
El problema, una vez más, parece quedar sin resolver. Y si a lo que hemos dicho hasta aquí añadimos la contaminación provocada por la utilización del uranio empobrecido, ya sea por motivos bélicos o civiles, o los varios incidentes nucleares que se han verificado en el curso de las últimas décadas se puede solo intuir el alcance del problema.

 

En 1957 en Windcale, hoy Sellafield, en el West Cumberland, en Gran Bretaña, un pequeño reactor que producía uranio y plutonio para uso militar se incendió provocando la parcial fusión del núcleo y el escape de gas y de materiales radiactivos que contaminaron una vasta área alrededor de la instalación. La población no fue advertida hasta cuando el incendio no fue dominado casi por completo.
1986 es el año de la catástrofe de Chernóbil.

 

Desde 1987, en la central de Ignalina, en Lituania, ha habido dos incidentes.

 

En el 2006 un submarino nuclear de la marina rusa, en el mar de Barents, tuvo que afrontar un incendio que estalló en un compartimento del reactor en la proa con el riesgo de que se repitiese la tragedia del Kursk sucedida seis años antes y, más recientemente, la central francesa de Tricastin ha derramado una solución de uranio en los ríos de los alrededores; mientras la central de Kashiwazaki-Kariwa, en Japón, la más grande del mundo, ha sufrido graves daños a causa de un terremoto con la consiguiente serie de fugas radiactivas de la instalación.
La lista podría seguir, porque los incidentes conocidos hasta hoy son al menos unos setenta..

 

Y mientras la situación empeora día a día y la locura humana no se aplaca, el mundo está sentado sobre una bomba de tiempo… nuclear.

 







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